Viventa administra un condominio entero: la cobranza, los gastos, la conciliación con el banco, la garita y lo que el vecino puede ver. Sin tocar tu dinero y sin pedirle a nadie que cambie de banco.
La demostración es la aplicación de verdad con datos inventados. No pide correo y no guarda nada.
Un Excel con las unidades. Otro con los pagos. El estado de cuenta del banco en una pestaña, buscando de quién es cada depósito. Doce mensajes de WhatsApp preguntando «¿ya me aplicaron el pago?». Y al final del mes, tres noches cuadrando.
Los cargos del mes salen solos. Cada unidad tiene su estado de cuenta, su recibo numerado y su recordatorio listo para WhatsApp, escrito con su saldo de verdad.
Nada se borra y nada se corrige por debajo: un error se anula y queda el rastro de los dos asientos. Es lo que hace que las cuentas se puedan defender en una asamblea.
Decides si el vecino ve los gastos del mes, lo que entró y el saldo en caja. Lo que apagas la base se lo niega, no es una tarjeta escondida.
El vigilante registra quién entra y a qué casa va. Cada unidad ve sus visitas y nadie más. La garita no ve un peso: ni cuotas, ni gastos, ni caja.
Reservas del salón sin choques, y votaciones con el peso de cada alícuota calculado por la base, no por quien cuenta las manos.
El informe del mes en PDF para imprimir y en Excel para seguir trabajando. Sin rehacerlo a mano cada vez que alguien lo pide.
No es una pasarela de pagos. Viventa no cobra por ti ni toca tu dinero: el dinero sigue entrando a la cuenta del condominio, por los seis canales de siempre. Lo que hace es cuadrarlo.
Subes el estado de cuenta tal como te lo da el banco.
Vale el .xls, el .xlsx y el CSV, de Banreservas, del Popular, del BHD o de una
cooperativa. Si no reconoce las columnas, te pregunta una vez — y esa cuenta se lo queda para siempre.
Cada depósito viene con su candidato y su porqué: «se llama como el que transfirió y debe exactamente eso».
Tú confirmas. Nunca aplica un pago solo: en un libro que no se puede editar, cada acierto falso cuesta una anulación.
Y admite varias cuentas de banco — la operativa, la de reserva, la de dólares — sin mezclarlas.
Ábrelas por dentro. Son la aplicación de verdad, con datos inventados.
Cobra, anota gastos, cuadra el banco, publica anuncios y saca el informe del mes.
Entrar como administrador →Su estado de cuenta, sus recibos, en qué se gastó la cuota y quién entró a su casa.
Entrar como vecino →Registra la visita por cédula y la manda a su casa. Sin ver una sola cifra de dinero.
Entrar como garita →El padrón se trae del Excel que ya tienes: unidades, dueños, teléfonos y cuotas. Se leen los títulos donde estén, se te enseña fila por fila lo que va a pasar, y solo entonces se escribe. Ciento veinte apartamentos entran en minutos, no en una tarde.
Nada se escribe hasta que dices que sí. Una columna vacía quiere decir «de eso no dije nada», no «ponlo en cero» — y volver a subir el mismo archivo no duplica a nadie.
Está puesto porque preguntarlo cuesta un correo, y la mitad de la gente no lo escribe.
Mínimo RD$ 1,800 al mes. Sin contrato de permanencia.
Un residencial de 40 unidades: RD$ 2,200 al mes. Uno de 120: RD$ 6,600.
No, y es a propósito. El dinero entra a la cuenta del condominio como siempre. Lo que hace Viventa es cuadrar lo que entró contra lo que se esperaba. No custodiamos dinero de terceros ni queremos hacerlo: eso cambia el producto, el riesgo y el precio.
No hay una lista de bancos soportados. Se lee el archivo que te da el tuyo —Excel viejo, Excel nuevo o CSV— buscando las columnas por su nombre. Si no las reconoce, te pregunta una vez cuál es cuál y esa cuenta se lo queda para siempre.
Te llevas tus datos. El informe del mes sale en PDF y en Excel, y el histórico completo se puede exportar. No hay forma de quedarse con la contabilidad de un condominio de rehén.
No. Cada quien ve su propia unidad. Lo que el residencial enseña a todos —gastos del mes, total cobrado, saldo en caja— lo decides tú con tres interruptores, y lo que apagas la base se lo niega aunque alguien lo pida directamente.
No ve nada de dinero: ni cuotas, ni gastos, ni saldos, ni el banco. Ve a qué casa va cada visita y quién vive ahí, que es lo que necesita en la puerta. Y no es una pantalla que esconde cosas: la base se lo niega.
Se guardan el tiempo que decida el condominio —entre 3 y 36 meses— y después se borran solas, junto con el visitante que se queda sin visitas. Guardar cédulas de gente que no es tu cliente para siempre no hace falta y, con la Ley 172-13 delante, no se debe.
Sí. Se usa desde el navegador, sin instalar nada, y está pensada para usarse en el teléfono — la garita trabaja de pie y el vecino mira su cuenta desde la cama.
No pide correo, no pide tarjeta y no guarda nada. Es la aplicación completa con un residencial inventado.